
Se creía dueño de sí mismo, dueño de su vida. Él la gobernaba con mano dura, con pulso firme marcando el rumbo a seguir.
Se consideraba libre de hacer lo que quisiera.
Un día, delante de él, apareció en el firmamento una estrella que ilumino su vida, la estrella aparecía noche tras noche acompañando su camino. Al ser libre "eligió" dejar de vivir de día para vivir en la noche con ella, no quería perderse ni un momento.
Pero una noche oscura, una negra noche, una noche de tormenta ella no acudió a su cita en el cielo, el cielo estaba negro y él desorientado no supo que hacer. Donde estaba su estrella. Decepcionado, amparado en su libertad, volvió a vivir de día no quería volver a verla, abandonaría la noche para siempre.
Él, libre, decidía lo que iba a hacer en cada momento, era dueño de sí mismo.
Hasta que un día, alguien, un viejo amigo (o tal vez no) le enseño una foto del cielo de la playa en la noche. Y la vio, allí estaba su estrella, noto que algo le faltaba recordó viejos tiempos y aprendió una amarga lección.
"Nunca se tiene la libertad de amar o de dejar de amar"
Estamos atados a los caprichos de nuestro pequeño corazón.
Pero tengamos presente, que aunque caprichoso, siempre está abierto a nuevas etapas cuando las viejas acabán. Dejemos que vaya a su ritmo y acompañemos su paso




